 Del Homo antecesor, surgieron dos especies humanas: los Neandertales y los Cromañones. Según parece ambas especies convivieron durante más de 10.000 años, pero no se mezclaron. Aunque mucha gente piensa que nuestros antepasados son los neandertales, no es así, provenimos de los cromañones. Lo curioso es que a pesar de que los neandertales tenían una capacidad craneal (entre 1600 y 1800 cm3) superior a la de los cromañones (1300 cm3) y eran físicamente más fuertes, se extinguieron. Según los antropólogos los cromañones disponían de una serie de habilidades diferenciales respecto a los neandertales; eran capaces de futurizar, de aprender, de cambiar, de comunicarse, de colaborar, de crear relaciones,… Darwin afirmaba que no sobreviven las especies más fuertes, ni siquiera las más inteligentes, sino las que son capaces de adaptarse mejor a los cambios (o crearlos). Este fue el caso de los neandertales y los cromañones: no sobrevivieron los más fuertes, ni los teóricamente más inteligentes; sobrevivieron los que mejor se adaptaron a los cambios y los que crearon conductas más inteligentes.
Creo que algo parecido esta pasando en el mundo de la empresa. Desde hace tiempo una gran parte de las empresas han sido capaces de adormecer el pensamiento y la inteligencia de los individuos hasta extremos insospechados (empresas neandertales). En este tipo de empresas el aprendizaje, el talento, la creatividad, la innovación o el riesgo, son cosas inútiles, un lujo innecesario… Pero las cosas están cambiando. Si bien el cliente es el rey (exige flexibilidad, creatividad, innovación, velocidad…), las personas que ponen su talento, inteligencia y creatividad al servicio de una empresa son, sin duda, los Príncipes. La paradoja es que muchas empresas desaprovechan abiertamente el talento de sus Príncipes (según Gallup, sólo el 15% de las personas dan lo mejor en su empresa).
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